EL SERVICIO DE LA AUTORIDAD SEGÚN SAN FRANCISCO
Julio Herranz.
1. CÓDIGO SEMÁNTICO DE LA AUTORIDAD EN LOS ESCRITOS DE SAN FRANCISCO
En los escritos de S. Francisco se desconoce el término “autoridad”, aunque evidentemente no excluye la realidad en él significada. A los que la ejercen se les llama “ministros”, frente a ellos los demás son “los otros hermanos” y todos en general se reconocen como “hermanos menores”.
✤ 1.1. HERMANOS MENORES ✤
Francisco designa a su Fraternidad —como es bien conocido— con el nombre de “Hermanos menores”. El biógrafo Celano (1 Cel 38) nos recuerda las circunstancias de la elección de dicho nombre, inspirado con toda probabilidad en el evangelio de San Lucas 22, en el contexto de la despedida de Jesús y de la institución de la Eucaristía, contexto en el que el evangelista San Juan coloca el lavatorio de los pies, tantas veces evocado por Francisco.
Estos textos nos revelan las profundidades últimas que Francisco ha querido dar al nombre de “hermanos menores”.
El lavatorio de los pies es a un tiempo servicio humilde, reservado al último de los esclavos (minoridad), y un gesto de acogida (fraternidad), y en él se expresa el sentido último de la misión de Jesús, el Siervo. Por ello en la regla de 1221 escribe Francisco:
“Y nadie se llame Prior, más todos sin excepción llámense hermanos menores. Y lávense los pies el uno al otro” (1R 6,3)
El hermano menor es el hombre del lavatorio de los pies, del servicio humilde en aras de fraternidad. Y ser hermano y menor lo es todo y para todos, y sin distinción. Con el nombre de “hermanos menores” Francisco, pues, rechaza toda idea de paternidad y subordinación en las relaciones de los hermanos entre sí.
/¿Nos sentimos bien servidos unos a otros?/
✤ 1.2. MINISTROS ✤
A quienes en razón del propio cargo tienen autoridad dentro del grupo se les designa con el término “ministro”, al que se añade siempre el de “siervo” = “servidor”, como queriendo fijar la expresión exacta de su autoridad como servicio, al margen de toda actitud de dominio y voluntad de poderío.
Han sido positivamente excluidos por Francisco los términos con los que tradicionalmente se ha designado la autoridad en la vida religiosa (1R 6,3). Encontramos, sin embargo, en dos ocasiones (Adm 3 y 4) el término “prelado” con el que se designaba en general a los superiores eclesiásticos, que por lo inusual del mismo en los escritos de San Francisco ha hecho pensar en ocasiones a la obra del redactor, o a una relectura posterior.
Junto a los términos “ministro y siervo” —General de toda la Fraternidad (2R 8,1) y Provinciales— Francisco coloca en ocasiones el de “Custodio” (cf. 2R 8,4…) con el que expresa, una vez más, programáticamente la tarea de los ministros de velar, custodiar la vida y la fidelidad de sus hermanos y sus fraternidades.
En un segundo momento y ante la necesidad de distinguir los cargos, este término pasó a significar los superiores regionales en las provincias (Test 31). Con la sedentarización surgieron los responsables de las fraternidades locales, a los que se designó con el término de “Guardían”, versión vulgar de “Custodio”; es el que guarda a sus hermanos, custodia su fidelidad evangélica (Test 27-31).
✤ 1.3. LOS OTROS HERMANOS ✤
Frente a los “ministros y siervos” los demás frailes son siempre “los otros hermanos” —como ya queda dicho—, y jamás se emplea para designarlos los términos hermano y siervo —por más que hable insistentemente de su obediencia a los ministros y entre sí en términos de servicio— lo cual no puede carecer de significación.
Con todo, en un par de ocasiones —en el contexto marcadamente ascético de las admoniciones, y en relación con el término “Prelado” en la Regla definitiva— se habla de “súbditos”: “los hermanos que son súbditos” (2R 10,2), pero la palabra hermano que también aquí les es aplicada “sublima la relación en consonancia con la vida evangélica y la matiza radicalmente” (K. Esser).
En conclusión: en toda la terminología sobre la autoridad en S. Francisco, según sus escritos, se esconde un concepto de la autoridad como servicio en dependencia directa del evangelio, y en ellos se expresa y define su misión: velar, custodiar la persona de sus hermanos y su fidelidad y la de sus fraternidades al común proyecto de vida evangélico.
2. LA AUTORIDAD EN LA EXPERIENCIA DE FRANCISCO Y LA PRIMITIVA FRATERNIDAD
Diversas afirmaciones de Francisco sobre la autoridad y la obediencia en su contexto natural: la historia de la primitiva fraternidad:
En el nacimiento de la Fraternidad, Francisco —“pequeñuelo y siervo”— es el punto de convergencia e integración, la autoridad indiscutida del grupo surgido en torno a él para seguir sus pasos; pero es sobre todo “el hermano” (J. de Giano 17). Los que van al frente de los grupos itinerantes de hermanos se miran en él para ejercer su responsabilidad.
El crecimiento numérico del grupo y su fragmentación hizo que se dividiera la Fraternidad en provincias en 1217, colocando al frente de ellas a los “ministros provinciales”, y con ello surgió la primera normativa sobre la autoridad: los cc. 4-6 de la Regla de 1221, en los que se hace especialmente patente la voluntad de que el necesario cargo de “ministro de los hermanos” permanezca ajustado a la condición y vocación de todos de ser fraternidad de hermanos menores. Por ello, una vez fijada la misión de los ministros —distribuir a los hermanos en las provincias, visitarlos frecuentemente, amonestarlos y animarlos en su fidelidad a la propia vocación (1R 4,2)— el resto de lo que sobre ellos se dice no es sino una exhortación a evitar tentaciones en el ejercicio de su ministerio, al considerarlo como una dignidad, y una forma de señorío y poder sobre los demás.
Diversas inserciones negativas hechas en estos textos en los años sucesivos ponen de relieve cómo a Francisco parece haberle preocupado entonces mucho más la autoridad y su ejercicio que la obediencia. Desde su ideal de fraternidad igualitaria, en la reciprocidad del servicio en el amor, sintió la autoridad como una amenaza, un peligro latente para “la forma de vida según el evangelio”, por lo que se negó a acoger la exigencia de los ministros de ver acompañada su autoridad de un poder real sobre los hermanos. Y en esta misma línea parece que ha de leerse su renuncia al gobierno directo de la Fraternidad a su regreso de Oriente: le exigían medidas de fuerza para reconducir a su Orden, y no era ese su camino. Renunciando al gobierno podría seguir siendo su animador espiritual, una continua llamada, desde la comunión más alta con los hermanos, a la fidelidad al común proyecto de vida (cf. J. de Giano 13; LP 74-75), …
No faltaron ciertamente abusos en el ejercicio de la autoridad, como tampoco en el de la obediencia; pero, mientras Francisco insistió en el urgir una praxis fraterna de la autoridad (cf. 1R 5), se limitó a fijar el deber de la obediencia en los siguientes términos: “Los hermanos obedézcanles (a los ministros…) en lo que mira a la salvación del alma y no está en contra de nuestra vida” (1R 4,3). Un testimonio singular a este respecto es la Carta a un Ministro: las dificultades y resistencias que encuentra por parte de los hermanos ha de asumirlas con sano realismo como parte de su misión, y ha de acoger y amar a sus hermanos tal como son, sin pretender de ellos sino cuanto el Señor le dé, y sin exigir ni imponer ni siquiera el que sea mejores cristianos (Ctam 5-8).
Para garantizar el ideal de fraternidad, el derecho-deber de los ministros de custodiar la fidelidad de los hermanos al común proyecto de vida ha de verse acompañado por un igual derecho-deber de todos los hermanos con respecto a sus “ministros”, pudiendo recurrir contra ellos (1R 5,3-4).
La Regla definitiva, aun suponiendo una consolidación de la estructura de la Orden, y no obstante los silencios con respecto a la precedente (que en ocasiones no significan cambio alguno en la praxis) —no supuso el reforzamiento de la autoridad de los “ministros”. La forma de su ejercicio aparece así descrita: “Y los ministros acójanlos caritativa y benignamente (a los hermanos) y tengan para con ellos una familiaridad generosa, de modo que los hermanos hablen y comportarse con los ministros como los señores con sus siervos, pues así debe ser, que los ministros sean siervos de todos los hermanos” (2R 10,4-6).
Como consecuencia de una praxis negativa que se venía multiplicando y que había llevado a un número siempre creciente de hermanos a vivir a su propio aire al margen de la fraternidad, al margen de la obediencia, Francisco parece ser más decidido en los términos con los que urge la obediencia: “los hermanos que son súbditos recuerden que renunciaron por Dios a los propios quereres. Por lo cual, les mando firmemente que obedezcan a sus ministros en todo lo que prometieron al Señor guardar y no está en contra del alma y de nuestra Regla” (2R 10,2-3; cf. Adm 3). Ello no significa, sin embargo, un cambio en la praxis de la autoridad con respecto a la precedente: en razón del ideal de fraternidad en el servicio mutuo, el “ministro” debe acercarse a sus hermanos y estar pronto a servirles, como éstos deben de estar prontos a servir y obedecer a los ministros y a todos los hermanos. La obediencia ha de ser tanto más firme cuanto más precaria es la autoridad.
Es verdad que en la misma Regla de 1223 se habla de la incorporación a la Fraternidad —como ya se había hecho por lo demás en la precedente— en términos de “ser recibidos a la Obediencia” (2R 2,11; cf. 1R 2,9). Pero ello, sin embargo, no significa tampoco un reforzamiento de la autoridad: el espacio obediencial al que se incorpora el Hermano menor por la profesión no se reduce a la relación ministro-hermano; antes al contrario, ésta se inscribe dentro de la común obediencia al proyecto de vida, y de la obediencia mutua de los hermanos (cf. 1R 5).
En los años sucesivos hasta su muerte, Francisco ha vivido en el dolor un profundo drama personal, directamente vinculado a la interpretación, generalizada entre los hermanos, de la “forma de vida que el Señor le reveló” en clave funcional, en contra de lo que él consideraba la vocación gratuita y testimonial recibida del Señor. Con el fin de ver garantizada su inspiración salió ardientemente en defensa de la observancia de la Regla, urgiendo para ello la práctica de la obediencia en términos cada vez más radicales, y llegando a introducir una especie de procedimiento jurídico contra los desobedientes (cf. Test. 31-33). Poniéndose como modelo de obediencia escribe en su Testamento: “Y firmemente quiero obedecer al ministro general de esta Fraternidad y al Guardián que le plazca darme. Y de tal modo quiero estar cautivo en sus manos, que no pueda ir ni hacer nada fuera de la obediencia y de su voluntad, porque es mi señor” (Test 27-28).
El cambio de acento en la relación autoridad–obediencia parece evidente, y aquella dejó el paso a ésta en el terreno de las grandes preocupaciones de Francisco. Las circunstancias que motivaron tal cambio dan razón del alcance y límites de cada una de sus afirmaciones. Con todo, esta insistencia en la obediencia de siervo a los “ministros”, de la autoridad. Autoridad y obediencia han de seguir entendiéndose como un servicio recíproco de los hermanos, en el que cada uno se coloca frente al otro en la actitud de Jesús el Siervo, libre de todo servilismo y de todo poder despótico.
/¿Te sientes obedecido, acompañado, considerado, cuidado por tus superiores?/
La lectura de los escritos de san Francisco a propósito de la autoridad ha de ser, pues, omnicomprensiva y no selectiva. Toda polarización en un texto o en las exigencias de disponibilidad y servicio radicales de la sola autoridad o la sola obediencia, supone una verdadera adulteración en la lectura de los escritos de S. Francisco y de su inspiración evangélica.
3. EL SERVICIO DE ANIMACIÓN DE LA AUTORIDAD
Desde los escritos de S. Francisco —y sin temor a hacer de ellos una proyección de nuestra actual concepción antropológico-teológica de la autoridad— podemos definir ésta en términos de animación espiritual, términos en los que el propio Francisco ha leído su personal responsabilidad al frente de su Orden como demuestra su misma Regla, con la que no pretende tanto reglamentar todo particular cuanto “infundir un alma en la vida concreta de los hermanos, comunicándoles el espíritu propio de la Fraternidad” (K. Esser). Y esta función de animación, aun comprendiendo el ministerio de la autoridad —los ministros distribuyen a los hermanos, envían a las misiones, etc. (cf. 1R 4,2; 2R 10,1; 8,5; 12,1-2…)— es netamente prioritaria cualitativa y cuantitativamente dado el carácter no funcional de la Fraternidad de los Menores, que se define no desde el hacer, lo organizativo y la eficacia, sino desde el ser hermanos en la minoridad.
✤ 3.1. LA FIGURA DEL MINISTRO EN EL MINISTERIO DE LA ANIMACIÓN ✤
En el ejercicio del ministerio de animación han de estar presentes en el ministro las siguientes actitudes más significativas:
- el discernimiento de la voluntad de Dios en cada una de las situaciones en las que vengan a encontrarse los hermanos y las fraternidades. Es ésta la primera cualidad en la radiografía que según Celano (2Cel 187) hace Francisco del ministro General, y en él de todos los ministros, coincidiendo con lo que repetidas veces se lee en sus escritos (Cf. 1R 16,4; 17,2; 2R 2,9; 12,1;…).
- una profunda conciencia de ser Hermano Menor. En su experiencia del poder humano y su comprensión del misterio de Cristo, Francisco llegó a la conclusión de que sólo es posible la actuación del Reino de la fraternidad desde la reconducción del instinto de poder por los caminos de “la pobreza y humildad de N.S.J.C.” el Siervo; y ello urge en especial a quienes tienen autoridad entre los hermanos: como hermanos nunca están sobre ni al margen de la Fraternidad, y como menores han de traducir esta su condición en el servicio humilde a los hermanos y en la renuncia a todo poder material y espiritual (1R 4-6), por lo que han de mirarse continuamente en la palabra y el ejemplo del Señor (Adm 4,2; 1R 4,6; 6,3;…).
- Un respeto profundo por cada uno de los hermanos tal como el Señor lo sitúa en su vida, y aceptación de su persona y sus concretas exigencias de fidelidad en el marco del común proyecto de vida (2R 10, 4-6; Ctam 5-8; Test 14;…).
- Una acentuada capacidad, hecha ejercicio, de entrega y acogida. El ministro ha de ser el hombre del dar, del “amar y nutrir” más amoroso que el de una madre (1R 9,10-12; 2R 6,8; RB2); pero ha de ser al mismo tiempo, y no en menor medida, el hombre del recibir, de la escucha y acogida del otro, de su verdad y su sentir, pues sólo este intercambio mutuo salva la condición de hermanos. El ministro ha de ser, pues, el hombre del pedir y el dar en el respeto total de la libertad de los hermanos (1r. Etienne Motte) (1R 4,2; 6,2; 2R 10,5-6;…).
- La misericordia y prontitud para el perdón. Ningún testimonio tan explícito y significativo como la Carta a un Ministro: “y en esto quiero conocer que amas al Señor y me amas a mí, siervo tuyo y suyo, si procedieres así: que no haya en el mundo hermano que, por mucho que hubiera pecado, que después de haber puesto tus ojos en él, sin haber obtenido misericordia si es que la busca, y si no busca misericordia pregúntale tú si la quiere” (CTam 9-10; cf 1R 5,7; 2R 7,3; 2CtaF 43).
- Realismo en la aceptación de lo concreto con sus posibilidades y retos de crecimiento, sin escapismos fáciles, soñando en otras situaciones y otras personas. Al ministro que, ante las dificultades que encuentra con los hermanos, quiere “salvarse” separándose de ellos y retirándose en un eremitorio, Francisco le invita a asumir lo real como el lugar del encuentro con Dios y de la fidelidad a la forma de vida evangélica. Una cosa ha de desear, y en ello ha de poner todo su empeño: hacer descubrir y vivir a los hermanos y las fraternidades el querer de Dios sobre sus vidas, desde la acogida del hermano tal cual es (Ctam 2-8).
✤ 3.2. CAMPOS DE ACTUACIÓN EN EL SERVICIO DE ANIMACIÓN DE LA AUTORIDAD ✤
“Todos los hermanos que son constituidos ministros y siervos de los otros hermanos, distribuyen a éstos en la provincial y en los lugares donde estén, visítenlos frecuentemente, y amonéstenlos y anímenlos espiritualmente” (1R 4,2)
⭐ a) Visitar a los hermanos
La autoridad y la obediencia, desde los escritos de S. Francisco, no viene teológicamente motivada desde viejas teologías de la mediación: el superior como representante de Cristo, expresión de su voluntad sobre mí. Antes, al contrario, encuentra su razón de ser desde la comunión en un único proyecto de vida, vivido y discernido en la fraternidad y el servicio mutuo (1R 4-6; Adm 3, 5-11).
Desde aquí el primer servicio de los ministros es un servicio de unidad y cohesión a través de la profesión de obediencia (1R Prol, 2R 1,2-3; 8,1) y han de actuar dicho servicio mediante la creación de cauces completos de comunicación, pues no se define desde lo jurídico sino desde lo afectivo-existencial. La visita del ministro a los hermanos y los encuentros de estos con sus ministros (=Capítulos) son los cauces concretos previstos por Francisco en su Regla, y han de llevarse a efecto libres de todo formalismo, con gran familiaridad (1R 7,15; 2R 6,7-8).
⭐ b) Amonestar a los hermanos
El ministro es el hombre del “memorial”, de la continua llamada, desde la propia obediencia, a la fidelidad a la forma de vida evangélico-franciscana, cuya autoridad brota del hecho de ser lectura carismática, hecha norma de vida, del Evangelio.
Es este el espacio obediencial en el que se entra —independientemente de la posición que pueda ocuparse más tarde en la Fraternidad— al hacer la profesión de vida franciscana; y aquí estriba el por qué del deber de los ministros de amonestar a los hermanos, de “custodiar” su fidelidad (1R 2,9; 2R 2,11), y el límite mismo que se pone a su autoridad: todo aquello que va contra el alma de los hermanos y contra la Regla (1R 5,2; Adm. 3,7).
La amonestación y corrección de los hermanos que viven al margen de la Fraternidad (1R 2,10; 2R 2,12; CtaO 45), y el proyecto de vida (Test. 31-33; Ctam 16-17), hecha con discreción y misericordia, forma parte, pues, del servicio de animación que para común utilidad han de prestar los ministros y ello ha de ser considerado deber inalienable.
⭐ c) Animar espiritualmente a los hermanos
La fraternidad franciscana es una fraternidad espiritual que tiene su origen y razón de ser en la convocación y animación del Espíritu, que ha de ser su verdadero principio de animación trascendente, el “Ministro General de la Religión” (2Cel 193; Cf. Adm 3).
La tarea de “animar espiritualmente” a los hermanos exige, por consiguiente:
- favorecer y urgir —a través del propio respeto y concediendo un gran margen de libre actuación— la propia responsabilidad de cada uno de los hermanos y sus fraternidades, en la obediencia al Espíritu. Ni el ministro ni la misma Regla pueden convertirse, en la intención de Francisco, en pantalla entre Dios y su hermano. Corresponden a cada uno de ellos buscar incansablemente, en el marco de la común opción de vida evangélica, la mejor manera de realizar este proyecto. Y esto es verdadera obediencia (CtaI; 2R 2,5-7; 15;16).
- estimular y promover una constante superación personal y comunitaria de las mechas de fidelidad evangélica y comunión entre los hombres ya alcanzadas, apuntando hacia la “utopía” de la “forma de vida según el Santo Evangelio” (1R 4,2; 24,2-3).
4. CONCLUSIÓN
Sirvan, a modo de conclusión, las siguientes palabras del Capítulo General O.F.M. 1973, en las que se expresa con gran acierto cuál ha de ser, desde los escritos de S. Francisco, el servicio de la autoridad en el hoy de la vida franciscana:
“Todo lo que es necesario como estructura y hace de nosotros una Orden, tiene la finalidad de asegurar la comunión fraterna entre nosotros y con la Iglesia, para que nuestro testimonio sea siempre y cada vez más evangélico.
Tal es el sentido fundamental de la autoridad en nuestra fraternidad, tanto a escala local o provincial como para toda la Orden. Los hermanos a quienes se les confía el servicio de la autoridad, aseguran la ligazón y unidad de los hermanos, los despiertan a su responsabilidad cristiana, los afianzan en su vocación evangélica y franciscana, y los liberan de su aislamiento para abrirlos a una comunión más amplia” (La vocación de la Orden hoy, n°37).
JULIO HERRANZ O.F.M.
ITER PARA LA REFLEXIÓN
- Tras el análisis realizado en este guión, comentar entre los miembros de la fraternidad cómo entiende cada uno la autoridad y la obediencia. ¿Qué significa obediencia? ¿Cuál y cómo debe ser el servicio de la autoridad?
- “Los que han sido constituidos sobre otros…” —pensando no solo en el cargo del superior, sino en todas las posibilidades en que los hombres están subordinados a otro hombre— ¿Vemos todo cargo, toda misión, como la describe Francisco, a la luz del lavatorio de los pies? ¿Lo consideramos como un servicio a los que nos están subordinados? ¿Somos conscientes de que somos llamados “siervos y ministros” de los demás?
- ¿Cómo me comporto cuando se me priva de un cargo o soy relevado de una tarea? ¿Me irrito o me ofendo? ¿Cómo me comporto con mis superiores?

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