Novena a San Antonio

Día Noveno.

13 de junio

UNA PALABRA DE SAN ANTONIO sobre la CRUZ

9b.UNA PALABRA DE SAN ANTONIO sobre la Cruz»
El cristiano debe apoyarse en la Cruz de Cristo como el viajante se apoya en el bastón cuando emprende un largo viaje. Ha de tener impresa en su mente y corazón la Pasión de Cristo porque solo de tal manantial deriva la palabra de la vida y de la paz, de la gracia y de la verdad. Unamos nuestros sufrimientos y dificultades a su Cruz, y hagamos penitencia por nuestros pecados y por los de nuestro prójimo».Así el creyente, iluminado por el fulgor de Cristo, emite luz en sus palabras y en su ejemplo para iluminar al prójimo.»

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Día Octavo.

12 de junio

UNA PALABRA DE SAN ANTONIO sobre la esperanza

8b.UNA PALABRA DE SAN ANTONIO sobre la ESPERANZA.
La humildad lleva al hombre a conocerse a sí mismo y a reconocer a Dios. Al igual que el fuego reduce a cenizas y baja las cosas altas, la humildad lleva al soberbio a ser humilde. La humildad es como una flor, que posee la belleza del color, la suavidad del perfume y la esperanza del fruto. «Cuando veo una flor – observa San Antonio – espero en el fruto, así como cuando veo un hombre humilde, yo espero en su santidad». La humildad nos lleva a ayudar a los demás a ser santos, sin pretender sacar a la luz nuestros méritos sino la obra de Dios en nuestros hermanos.

SAN ANTONIO Y LOS NIÑOS EMPOBRECIDOS
La imagen tradicional y conocida presenta a San Antonio con el Niño Jesús en sus brazos. Las leyendas nos refieren que Antonio tenía gran predilección por los niños. En algunos sitios hay tradición de que los padres pongan a sus niños recién nacidos bajo la protección de S. Antonio. Casi todos los días vemos las imágenes preocupantes de niños que llegan a las costas marítimas de las naciones europeas. No sabemos de dónde vienen, ni quién los trajo; no sabemos cómo se llaman, ni cuántos años tienen. No visten ropa, ni calzan zapatos. Ni siquiera ellos saben decir quién son. Son la humanidad verdaderamente desnuda. Hay la oportunidad de arroparlos, así lo haría San Antonio. No taparlos simplemente con una manta roja. Es necesario arroparlos con el abrazo del amor, con el vestido de Dios, abriéndoles esperanzas a un mundo mejor.
San Antonio glorioso ruega por nosotros y por los niños que llegan para que no sean frustradas ni su alegrías, ni sus ilusiones. Amén


Día Séptimo.

11 de junio

UNA PALABRA DE SAN ANTONIO sobre la pobreza

7b.UNA PALABRA DE SAN ANTONIO sobre la pobreza
La pobreza es camino que conduce a Cristo. Y a participar en su obra redentora y a construir su reino. La pobreza es la verdadera riqueza. Custodia y genera la humildad, es fuente de alegría espiritual; Y libera de los deseos que atan al hombre a las cosas. Y de liberación en liberación, la pobreza conduce al hombre a la gloria del cielo. «¡Cuántos son hoy los que de buen grado y por largo tiempo vivirían en la estricta pobreza, si supieran con certeza el poder poseer a cambio un día el Reino de Francia o de España! En cambio no hay ninguno que quiera vivir en la verdadera pobreza de Cristo, para ganarse el Reino de los Cielos.

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Día Sexto.

10 de junio

UNA PALABRA DE SAN ANTONIO sobre el amor.

6b.UNA PALABRA DE SAN ANTONIO sobre la obediencia
La obediencia nace de la humildad. La obediencia ilumina el camino de la santidad. Cuando cierras tus ojos a la propia voluntad, estos se abren por gracia divina a la visión del cielo: «Si eres sordo a la voz de quien manda de parte de Dios, entonces serás también ciego. Obedece a Dios y a quien quiere conducirte hacia Dios, obedéceles con el afecto del corazón para poder ver las cosas a la luz de la sabiduría de Dios».

Día Quinto.

9 de junio

UNA PALABRA DE SAN ANTONIO sobre el amor.

5.UNA PALABRA DE SAN ANTONIO sobre el amor.
¡Como es grande el amor de Dios por nosotros! Él nos manda a su Hijo unigénito para que nosotros Lo amemos, sin el cual, vivir es morir ya que quien no ama permanece en la muerte. Si Dios nos ha amado tanto que nos dio a su Hijo predilecto por el cual todo ha sido hecho, también nosotros tenemos que amarnos los unos a los otros. El amor colma de todo bien a quien ama; apaga las tentaciones, torna las amarguras en alegrías y la piedad encuentra su alimento. El amor debe estar acompañado de todas las virtudes ya que como es pobre y desprovista la mesa sin el pan, así son las virtudes sin el amor».

Novena de S.Antonio. Día 5
SAN ANTONIO PIEDRA PRECIOSA TALLADA POR EL ESPÍRITU SANTO
En este Domingo de Pentecostés recordamos algunas palabras de animación espiritual, que leemos en los sermones escritos de S. Antonio. En uno de ellos, dice:»Un gran ruido acompaña la llegada de aquel que venía… El primer día fue la encarnación; el segundo día, su pasión; el tercer día, el envío del Espíritu Santo.Llega ese día.Se oye el trueno, hay un gran ruido, brillan los relámpagos -los milagros de los apóstoles-, una nube espesa – la compunción del corazón y la penitencia- cubre la ciudad…»
En otro de sus sermones, dice Antonio: «El que está lleno del Espíritu Santo habla diversas lenguas que son los diversos testimonios sobre Cristo….El lenguaje tiene fuerza cuando hablan las obras. Estamos llenos de palabras vacías…¡Dichoso el que habla según el don del Espíritu! …….»
(Tomado de los sermones de S.Antonio»)
Que seamos encendidos e iluminados por el Espíritu Santo, que purificó con su fuego a San Antonio y lo hizo antorcha de luz para todo el mundo. Hoy lo proclamamos como obra lograda del Espíritu Santo y perla preciosa de la Iglesia y de la Orden Franciscana. .
Ruega por nosotros glorioso San Antonio. Amén
¡ Feliz Lunes de Pentecostés !

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Día Cuarto.

8 de junio

UNA PALABRA DE SAN ANTONIO sobre la fe.

4.UNA PALABRA DE SAN ANTONIO sobre la fe.
«Sin la fe no se entra en el reino de Dios, ésta es la vida del alma. El cristiano, con el corazón iluminado por la fe, intuye los misterios de Dios y hace pública profesión de su fe. Creer es creer que Dios existe y nos ama. Y amar como Él nos ama».

SAN ANTONIO Y LOS POBRES
En todas las iglesias franciscanas hay una alcancía, que dice «San Antonio.Pan de los pobres». Los fieles procuran que sus oraciones vayan acompañadas de una ofrenda en esta alcancía. El día de la fiesta de S. Antonio, se bendice, se reparte y se comparte el pan. En varias casas franciscanas, hay un comedor para pobres. S. Antonio vivió embriagado por el amor del Señor que repartió muchas veces pan a masas humanas hambrientas y desoladas en las llanuras de Galilea. Por seguir tanto a su Señor, hubiéramos podido leer en las actuaciones de S. Antonio aquel dicho de un Papa: «Debe aumentar en el pueblo el hambre de Dios y debe acabar en el pueblo el hambre de pan» o también aquel otro de los movimientos obreros: «Quien tiene hambre, quiere trabajo». S.Antonio, igualito que en en su mismo tiempo, sigue predicando hoy con una alcancía que pide, un pan de bendito que se reparte, un comedor que alimenta, y también con su predicación contra la injusta pobreza, su palabra de esperanza en un próximo mundo de paz y bien con pan abundante para todos. El Señor confirmaba la predicación de Antonio con muchos milagros. Pedimos la bendición del Señor para las personas que promocionan la vida como S. Antonio.
Ruega por nosotros glorioso S Antonio . Amén

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Día Tercero.

7 de junio.

UNA PALABRA DE SAN ANTONIO sobre el arrepentimiento.

3b.UNA PALABRA DE SAN ANTONIO
sobre el arrepentimiento.
«Con la gracia es el mismo Espíritu Santo que como un esposo se une al alma que el amor penitente ha purificado. Bodas divinas de la cual nace el cristiano, heredero de la vida eterna. Oh Señor; tiéndenos la mano fraterna, para que cada día de la vida terrenal sea un paso adelante en nuestro peregrinar hacia la Casa celestial.

3.- SAN ANTONIO MISIONERO Y EVANGELIZADOR
San Antonio recorrió ciudades y campos, en pobreza y como peregrino, con predicación persuasiva y apasionada. Había abandonado la comunidad de agustinos para unirse a los misioneros franciscanos. Hizo dos intentos de llegar a Africa, pero el Espíritu como viento huracanado revolvió el mar para llevar el barco con Antonio a las costas de Italia. Se llenaban plazas y pueblos para escucharlo. Algunos se atrevieron a ignorarlo o despreciarlo. Pero, las mayorías marginadas, con los enfermos y pobres lo seguían. La predicación de San Antonio tuvo influencia en la vida de la sociedad. Denunció las enemistades, los explotadores, los vicios, los robos, las injusticias… Su voz fue escuchada, pues en su vida daba para ver la imagen de Jesús. Según dicen las leyendas, el Señor confirmaba las palabras de Antonio con muchos milagros.
Ruega por nosotros glorioso San Antonio. Amén

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Día Segundo.

6 de junio.

UNA PALABRA DE SAN ANTONIO sobre la oración.

2.- “La oración es una efusión de cariño hacia Dios, un dialogo familiar con Él, un descanso de la mente que trata de gozar de Él. La oración también es solicitar los bienes temporales necesarios a la vida presente, siempre subordinando la propia a Su voluntad, aun cuando si al rezar somos empujados por nuestra necesidad. La oración es la acción de gracias, reconocer lo recibido de Dios y ofrecerle nuestras obras».

S. ANTONIO Y LA EUCARISTÍA
Curiosos, incrédulos, advenedizos, un mundo variado y S. Antonio con la Hostia Eucarística. Una mula dio el testimonio, se arrodilló ante la presencia del Señor. También en la Leyenda Mayor de San Francisco, una ovejita dobla sus rodillas en la Elevación de la Misa. Es el Sacramento del Amor. La mula y la ovejita conmueven con su reverencia, ante la incredulidad, sin palabras invitan a profundizar y saborear la sorpresa . Es el pan del Amor, de la cercanía. Dios está ahí, en el pan eucarístico y en el pan de cada día. Los discípulos le dijeron a Jesús: diles que se marchen y vayan a buscar pan para que coman. Jesús invitó a repartir el pan del amor, con el que comieron y sobró. Claramente, hay pan para los de aquí y para los de allá, hay pan para todos, solo falta sentarse y querer compartir. Y no olvidar que hay pan de Comunión para calentar el amor.
San Antonio ruega por nosotros. Amén

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Día Primero.

5 de junio

Una palabra de San Antonio sobre el alma que todos tenemos.

1.UNA PALABRA DE SAN ANTONIO sobre nuestra alma.

Todos tenemos dentro de nosotros una huella de haber sido creados por Dios; una inquietud, una búsqueda del sentido de la vida. Nuestra alma necesita conocer a Dios y quienes somos nosotros dentro del proyecto de Dios. «El Espíritu Santo, en efecto, es inspirado en el hombre para infundirle su semejanza, por cuánto es posible. Bajo su acción el hombre se purifica, llega al amor de Dios, como dice el apóstol: «El amor divino ha sido derramado en nuestros corazones, a través del Espíritu Santo que nos ha sido dado» Rm 5,5).


Homilía de P. Antonio sobre San Antonio (De santo a santo)

Sermones de San Antonio:

https://web.seducoahuila.gob.mx/biblioweb/upload/sermones-de-san-antonio-de-padua.pdf?utm_source=chatgpt.com

Para quien quiere leer y conocer más de San Antonio:

La oración.

«La oración es una efusión de cariño hacia Dios, un devoto y familiar dialogo con Él, un descanso de la mente iluminada desde el alto que trata de gozar de Él cuanto más es posible. La oración también es el solicitar los bienes temporales necesarios a la vida presente pero los que los piden al Señor con verdadero espíritu cristiano, siempre subordinan la propia a Su voluntad, aun cuando si el rezar los empuja únicamente la necesidad: sólo el Padre celestial sabe qué realmente nos es necesario en el orden temporal. La oración es la acción de gracias, es decir, reconocer los beneficios recibidos y ofrecer en cambio a Dios todas nuestras obras, de manera que nuestra oración sea continua».

La contrición.

«¿Cómo debe ser la contrición por el pecado? Escucha al salmista: «Un espíritu contrito es sacrificio a Dios, un corazón quebrantado y humillado. Dios, tú no desprecias», (Sal 51,19). En estas palabras son indicadas la compunción de espíritu por los pecados, la reconciliación del pecador, la contrición universal por todos los pecados y la humillación continua del pecador arrepentido. El espíritu del penitente, cuando es lacerado y cubierto de heridas, es un holocausto agradable a Dios. Él se reconcilia con el pecador y el pecador con Él.»
«Con la gracia es el mismo Espíritu Santo que como un esposo se une al alma que el amor penitente ha purificado. Bodas divinas de la cual nace el cristiano, heredero de la vida eterna. Por tanto podemos decirle al Hijo de Dios: «He nos aquí, nosotros somos tus huesos y tu carne.» ¡Señor Jesús, piedad de nuestra debilidad, perdónanos por nuestros pecados! Piedad de nosotros, miembros tuyos, oh Señor; tiendenos la mano fraterna, para que cada día de la vida terrenal sea un paso adelante en nuestro peregrinar hacia la Casa celestial. Haz que nosotros pecadores nos acerquemos a Ti, que Te escuchamos. ¡Dígnate a acogernos contigo y confortarnos en la Mesa de la vida eterna!».

La Fe.

«La fe es la virtud principal y quién no cree es parecida a aquellos Judíos que en el desierto se rebelaron a Moisés. Sin la fe no se entra en el reino de Dios, ésta es la vida del alma. EI cristiano es el que, con el ojo del corazón iluminado por la fe, intuye los misterios de Dios y hace pública profesión.
La fe verdadera es acompañada por la caridad. Creer en Dios para el cristiano, no significa nada mas creer que Dios existe y ni siquiera creer que Él es verdadero, significa creer queriendo, creer abandonándose en Dios, uniéndose y conformándose a Él».

La esperanza

«La esperanza es la espera de los bienes futuros… A la desesperación falta la fuerza para progresar porque quien ama el pecado no puede esperar en la gloria futura. Sin embargo se necesita que la esperanza no se convierta en presunción, sino que sea acompañada por el temor, que es principio de sabiduría. Nadie en efecto puede llegar a gustar la dulzura de la sabiduría si primero no prueba la amargura del temor. Hasta que el hombre espera. Dios le concede el perdón, la gracia; si el hombre se arrepiente sus pecados, puede esperar la dulzura del perdón».

El amor.

«Hay un solo amor hacia Dios y el prójimo: es el Espíritu Santo, porque Dios es amor. El amor, San Agustín dice, ha tenido de Dios esta norma: que nosotros amemos de todo corazón Dios por Él mismo y al prójimo como a nosotros mismos; es decir por el mismo objetivo y por el mismo motivo por el cual amamos a nosotros mismos, por lo tanto en el bien.
¡Como es grande el amor de Dios por nosotros! Él nos manda a su Hijo unigénito para que nosotros Lo amemos, sin el cual, vivir es morir ya que quien no ama permanece en la muerte. Si Dios nos ha amado tanto de darnos a su Hijo predilecto, por el cual todo ha sido hecho, también nosotros tenemos que amarnos los unos a los otros».
«Tenemos que creer firmemente y abiertamente confesar que el mismo cuerpo que nació de la Virgen, fue colgado en la cruz, yació en el sepulcro, resucitó el tercer día, subió a la derecha del Padre, es el mismo cuerpo dado por Jesús como alimento a los Apóstoles y el mismo que la Iglesia consagra cada día y les distribuye a los fieles.
Sobre el altar, bajo las señales del pan y el vino, esta presente Jesús mismo, revestido de la humana carne con la que se ofreció al Padre divino y también ahora se ofrece cotidianamente. Quien lo recibe es colmado de todo bien: las tentaciones son apagadas, las amarguras se cambian en alegrías y la piedad encuentra su alimento».

La Cruz.

«EI cristiano debe apoyarse a la Cruz de Cristo como el viajante se apoya al bastón cuando emprende un largo viaje. Tiene que tener bien imprimida en la mente y en el corazón la Pasión de Cristo porque solamente de tal manantial deriva la palabra de la vida y la paz, de la gracia y de la verdad. ¡Dirijamos nuestros ojos a Jesús, al Señor nuestro clavado a la Cruz de salvación! Crucifiquemos nuestra carne a su Cruz mortificando nuestros sentidos; lloremos por las iniquidades que hemos cometido y por aquellas de nuestro prójimo».

El alma.

«En contacto con el Espíritu Santo el alma pierde poco a poco sus manchas, la frialdad, la dureza y se transforma toda en el fuego que la quema; el Espíritu Santo, en efecto, es inspirado en el hombre para infundirle su semejanza, por cuánto es posible. Bajo su acción el hombre se purifica, se calienta, llega al amor de Dios, como dice el apóstol: «El amor divino ha sido derramado en nuestros corazones, a través del Espíritu Santo que nos ha sido dado» Rm 5,5). Sí, el alma del justo, en la cual el Espíritu Santo habita con sus dones inefables, se vuelve fragante de divinidad como una habitación en la que se mantiene un bálsamo precioso».

La luz del mundo.

«¡Vosotros sois la luz del mundo! El sol es fuente de calor y de luz. Ahora bien, como de su Manantial, así de los testimonios de Cristo deben brotar vida y doctrina a beneficio de los otros. Sea ardiente de caridad tu vida, sea clara tu doctrina. El cristal, golpeado por los rayos del sol, los refleja. Así el creyente, iluminado por el fulgor de Cristo debe emitir chispas de palabras y de ejemplos y encender al prójimo.»

Alma mía.

«Oh alma cristiana, si eres fiel en las pruebas terrenas, un día contemplarás lo que jamás el ojo humano vio. Nos dice la escritura: «Ni ojo vio, ni oído oyó, ni mente alguna ha podido comprender los que Dios tiene preparado para los que le buscan confiadamente». Entonces satisfarás tu vista, porqué verás a Aquél que todo lo ve. Tu corazón se hinchará de infalibles alegrías. ¡Grande es tu dulzura, oh Dios! Ahora como peregrinos del Cielo, podamos apoyar la cabeza sobre la piedra que es la constancia en la fe… pero un día reclinaremos nuestra cabeza sobre el pecho de Jesús, como San Juan Apóstol en la Ultima Cena.
Cuanto grande es tu dulzura, Oh Señor! Tu la tienes escondida para aquellos que te honramos. Ahora nos la escondes para que la busquemos con más afán, la busquemos y la encontremos, y amándola, la gocemos eternamente!».

La humildad.

El Santo pone a la humildad, como raíz y madre de todas las virtudes. La humildad lleva al hombre a conocerse a sí mismo y a Dios. Al igual que el fuego reduce a cenizas y baja las cosas altas, la humildad obliga al soberbio a plegarse y a humillarse, repitiendo las palabras del libro de Génesis: «Eres polvo y al polvo volverás» (3,19).
El verdadero humilde se considera un gusano, un hijo de gusano y podredumbre. El desprecio de sí (contemptus sui) es la principal virtud del hombre justo, con la cual él como lombriz de tierra se contrae y se alarga para alcanzar los bienes celestiales. La soberbia es el más grave pecado ante Dios y la humildad la más noble de las virtudes. Ésta soporta con modestia las cosas innobles y deshonestas y es ayudada por la gracia divina.
La humildad está comparada a una flor, porque como una flor posee la belleza del color, la suavidad del perfume y la esperanza del fruto. «Cuando veo una flor – observa San Antonio – espero en el fruto, así como cuando veo un humilde, yo espero en su beatitud celestial».
El Santo coloca en el corazón la sede de la virtud de la humildad. Del mismo modo en que el corazón regula la vida del cuerpo, la humildad preside la vida del alma. Igual que el corazón es el primer órgano que vive y el último que abandona la existencia, así la virtud de la humildad muere junto a él. Si el músculo cardíaco no puede soportar ni un dolor ni una grave enfermedad para no comprometer la vida de los demás órganos, la virtud de la humildad no puede ni lamentarse de las ofensas recibidas ni molestarse por el bienestar de demás, porque si ésta falta se arruina el edificio de las demás virtudes.
El avance del hombre en el camino de la perfección es proporcionado a su humillación, ya que cada hombre que se enaltece sera humillado y quien se humilla sera enaltecido. En Antonio está viva la preocupación de «empequeñecerse», de poner a la sombra sus méritos y sacar a la luz sus defectos, por precaver cualquier ataque de soberbia.
«Tú, ceniza y polvo, ¿De qué te vanaglorias? ¿De la santidad de la vida? Pero es el espíritu el que santifica; no el tuyo, sino el de Dios. ¿Quizás te infunde placer el elogio que el pueblo reserva a tus discursos? Pero es el Señor quien concede el don de la elocuencia y la sabiduría. ¿Qué cosa es tu lengua, si no una pluma en manos de un escribano?». Si un adulador te dice: «Eres experto y sabes muchas cosas», es como si te dijera: «Eres un endemoniado» (los griegos llaman daimonion a un profundo conocedor de las cosas). Tú debes responderles con Cristo: «No estoy endemoniado», porque de mí mismo no sé nada y nada bueno hay en mí; glorifico a mi Dios, le atribuyo todas las cosas y le doy gloria. Él es el principio de toda sabiduría y de toda ciencia». El hombre virtuoso «junto con las cosas bellas que hace, considera los defectos para su humillación; y el no saber vencerlos, a pesar de su pequeñez, es para él un continuo reproche para vivir en la humildad».

La Obediencia.

La obediencia está íntimamente ligada a la humildad, como su más inmediato descendiente. Si el corazon es humilde, los sentidos del cuerpo son obedientes. De la humildad nace la obediencia. La obediencia, escribe el Santo, enaltece al hombre por encima de sí mismo y le ilumina el camino de la santidad, aunque si entre sus dotes la obediencia debe incluir la de ser «ciega». La ceguera se refiere más bien a la actitud de la voluntad ante la orden del superior; pero los ojos cerrados a la propia voluntad, observa Antonio con singular intuición, se abren por gracia divina a las visiones del cielo: «No lograrás ver nunca si no eres obediente. Si serás sordo a la voz de quien manda serás también ciego. Obedece pues con el afecto del corazón para poder ver a la luz de la contemplación».

La Caridad.

La vida del cristiano, observa poéticamente el Santo, se desarrolla en la tierra como se abre majestuoso el arco iris de un punto al otro del cielo. Son varios los colores del iris, pero en él predominan el rojo fuego y el cerúleo. De igual modo la vida del buen cristiano se colorea de virtudes que se fundan envueltas e iluminadas por la fulgurante llama del amor de Dios y del amor del prójimo. El amor debe estar acompañado de todas las virtudes ya que, apunta San Antonio con una imagen doméstica, «como es pobre y desprovista la mesa sin el pan, así son las virtudes sin el amor».

La Pobreza.

Antonio exalta la importancia de la pobreza en la vida espiritual. Él aspira sobre todo a la pobreza absoluta, vivida con tanto impulso personal por los primeros hijos del Poverello de Asís. Con la pobreza él pretendía calcar literalmente las huellas de Cristo. La pobreza es sólo la vía que conduce a Cristo, una participación a su reino.
La pobreza posee valor de salvación para el hombre. Es la vía hacia la salvación, más aún, es la vía que lo conduce a la participación en la obra redentora del propio Cristo. Es ésta la pobreza que había impresionado la imaginación y atraído el corazón de Antonio desde que había visto los hijos del Poverello de Asís pedir limosna a las puertas del monasterio de Coimbra, donde entonces residía como canónigo agustiniano. Aquel vivir al día del trabajo y de la caridad, aquel no poseer nada, ni en forma individual ni en común, se alejaba sin lugar a dudas de la disciplina de las antiguas órdenes monásticas y representaba un escalón más alto dentro de la escala de la perfección moral.
La pobreza es la verdadera riqueza, custodia y genera la humildad, es la fuente de alegría espiritual; la pobreza libera de los deseos que atan al hombre a las cosas. Y de liberación en liberación, la pobreza conduce al hombre a la gloria del cielo, donde él se hunde en el misterio inefable de la divinidad.
San Antonio siguió siendo fiel a su amor por la pobreza hasta la muerte. Pasó sus últimos días en Camposampiero, huésped del conde Tiso, feudatario del lugar, pero no en una habitación cualquiera de su rico castillo sino en la soledad de una celda pénsil preparada sobre un nogal secular que le recordaba las míseras cabañas de la ermita de Montepaolo.
Poco antes de morir, absorto en la escritura de sus Sermones festivos, el Santo se permitió escapar un lamento sobre la repugnancia que tantos mostraban por el ideal de la pobreza absoluta: «¡Cuántos son hoy – escribió – los que de buen grado y por largo tiempo vivirían en la estricta pobreza, si supieran con certeza el poder poseer en cambio un día el Reino de Francia o de España! En cambio no hay ninguno, hoy, que quiera vivir en la verdadera pobreza de Cristo, para ganarse el Reino de los Cielos.

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